Hace más de año y medio que no veía a mi padre. Su edad ronda alrededor de los 87 años. Lo digo de este modo porque nunca sabremos su edad exacta. Ni él mismo la sabe. Según cuenta, para evadirse del servicio militar obligatorio de fines de los años cuarenta, en dos -o tres- oportunidades alteró su partida de nacimiento. Luego, en un momento no muy claro de su vida, intentó recuperar la edad que le correspondía, pero no pudo hacerlo, aunque en algo pudo avanzar la cifra. Finalmente, en esas idas y venidas de su cronología, terminó por olvidar su año de nacimiento y aceptar lo que su último documento de identidad le indicaba.

En la primera charla que tuvimos en este último y reciente reencuentro, me tomó del brazo y me llevó a su habitación. "Mira por lo que se me ha dado últimamente", me dijo señalando su cómoda. Sobre ésta, lo que vi fueron diversos juguetes: Carritos de metal, soldados de plomo, avionetas y buses de cerámica y otros pequeños artefactos a los que desde hace poco tiempo gusta contemplar y jugar. "A lo mejor aquí hay algún juguete tuyo", me dice. Yo vuelvo a echar una mirada y no reconozco ninguno.

Cuando era niño, mi padre disfrutaba contándome sus travesuras de adolescente. Entre esas historias me contó muchas veces que él solía coger las herramientas de mi abuelo y venderlas a precios ridículos. Él sólo quería tener el suficiente dinero para ir al cine con su novia de turno, tener unos cigarrillos en bolsillo y beber algo con sus amigos. Lo mismo hizo al vender por kilo unas frutas confitadas que él había encontrado dentro de un barril en un desván de su casa. Al parecer éstas estaban algo podridas, pero eso no lo detuvo en su venta clandestina ni en sus salidas con sus enamoradas.

Poco antes de volver a Lima, en este último viaje, mi hermana me contó por teléfono que mi padre, a causa de sus males renales, estaba prohibido de comer ciertas frutas, sobre todo el plátano. Sin embargo, él se las había arreglado para comprarlas y camuflarlas en su mesa de noche, bajo su gorro, y, lo que sorprendió a todos, en medio de una fuente de frutas de cerámica. Sólo pudo ser descubierto luego de una, para nosotros inexplicable, recaída. Por esa razón mi madre le confiscó su dinero y de ese modo poner freno a sus compras clandestinas. Lo que supe posteriormente fue que un día mi hermana mayor, camino al mercadillo del barrio, pasó delante del vendedor de libros de segunda mano y creyó reconocer ciertas cubiertas. La curiosidad la impulsó a acercarse y revisar algunos de esos libros. Ella descubrió que muchos llevaban mi firma en la primera página. Al vendedor no le quedó otra alternativa que confesar que fue mi padre quien le vendía mis libros, libros que yo había dejado en casa de mis padres, mientras estaba fuera de Lima. Después me enteré que, además de vender mis libros, solía regalarlos entre las enfermeras y doctoras que lo atendían en sus consultas semanales. "Don Manolo es adorable", decían ellas muy agradecidas.

Ahora, finalizando este texto, observo nuevamente la cómoda de mi padre. Veo sus juguetes, y no reconozco ninguno, pero sospecho que algunos tienen el color de mis libros perdidos.